Housing First
Qué hemos aprendido implantando Housing First en distintas ciudades
Por Jorge Mario Cancio Alonso · · 12 min de lectura
Una reflexión honesta sobre lo que realmente implica implantar Housing First: lo que funciona, lo que falla por diseño y los retos que seguimos sin resolver.
Housing First no es un eslogan. Es una ruptura.
Durante años, las políticas de atención al sinhogarismo han partido de una idea aparentemente razonable: primero tienes que demostrar que estás preparado y luego accedes a una vivienda. El llamado modelo de escalera obligaba a pasar por albergues, centros de día, pisos tutelados y programas de abstinencia antes de llegar a una casa "normal".
El problema es que ese modelo no funciona. Y no falla por mala ejecución, falla por diseño. Nadie puede recuperarse de una adicción, de un trauma grave o de una enfermedad mental mientras duerme en la calle o en un recurso masificado y provisional.
Housing First invierte esa lógica. Primero vivienda. Sin condiciones previas. Y desde ahí, acompañamiento profesional.
La vivienda no es el premio final. Es el punto de partida.
El modelo tradicional frente a Housing First
La diferencia entre ambos enfoques no es solo metodológica. Es ética.
El modelo escalera exige abstinencia, cumplimiento estricto de normas y demostración de "capacidad". El resultado es conocido: altas tasas de abandono, cronificación y una puerta giratoria constante entre calle, albergue, urgencias y, en muchos casos, prisión.
Housing First plantea algo radicalmente distinto. Acceso directo a una vivienda permanente, individual y normalizada. Sin exigir estar sobrio, sin obligar a participar en tratamientos. La persona decide. El sistema acompaña.
Los resultados son consistentes. Retención en vivienda por encima del 80 por ciento al año. Mejora clara en salud mental. Reducción del uso de recursos de emergencia. Menor coste para el sistema público.
Y aun así, sigue generando resistencias.
Lo aprendido en la práctica
Entre 2018 y 2024 coordiné y apoyé proyectos de Housing First en distintas ciudades, especialmente en Madrid, con personas en situación de sinhogarismo cronificado, adicciones activas y patología dual. Personas expulsadas una y otra vez del sistema.
La experiencia en el terreno deja aprendizajes muy claros.
El primer mes es crítico
El paso de la calle a una vivienda no genera euforia inmediata. Genera miedo. Desconfianza. Sensación de no merecerlo. Los primeros treinta días requieren un acompañamiento intensivo, casi diario. Si ese apoyo falla, el proyecto tambalea.
La reducción de daños no es negociable
Housing First sin reducción de daños no es Housing First. Si alguien consume, no se le expulsa. Se interviene. Se habla. Se acompaña. Expulsar a una persona por consumir es devolverla a la calle. Y eso no es intervención social, es castigo.
Esto sigue siendo uno de los puntos más incómodos para muchas administraciones y equipos. Se confunde tolerancia con permisividad. Es un error. La reducción de daños es realismo profesional.
Los equipos marcan la diferencia
No se puede hacer Housing First con recursos mínimos. Un trabajador social solo no sostiene estos procesos. Funcionan los equipos multidisciplinares, con ratios bajas, coordinación real y supervisión externa. Lo contrario es quemar profesionales y fracasar programas.
Cada ciudad tiene su límite
Housing First no se implanta igual en una gran capital con el alquiler disparado que en un municipio medio con más margen de vivienda asequible. El contexto importa. Ignorarlo es otro error frecuente, sobre todo cuando se copian proyectos sin adaptar estructura, recursos y expectativas.
La gran trampa: llamarlo Housing First sin serlo
Uno de los problemas más graves es la proliferación de proyectos que se autodenominan Housing First pero mantienen condicionalidades encubiertas. Expulsiones por consumo, por conflictos vecinales, por no acudir a terapia.
Eso no es Housing First. Y además, deteriora el modelo, porque cuando fracasa se dice que "esto no funciona", cuando en realidad nunca se aplicó bien.
La fidelidad al modelo importa. Mucho.
Resultados y costes
Los datos son claros y coinciden con la evidencia internacional. Más estabilidad residencial. Menos urgencias. Menos hospitalizaciones. Menos intervenciones policiales. Mejor calidad de vida.
Y, pese a lo que se repite, no es más caro. Es más barato que gestionar la exclusión crónica.
Los retos que seguimos sin resolver
Housing First funciona, pero no escala solo.
El principal cuello de botella es la vivienda. Sin parque público suficiente o sin mecanismos estables de captación de vivienda privada, el modelo se queda en piloto permanente.
El segundo gran problema es la financiación. Programas sostenidos con subvenciones anuales viven en la incertidumbre constante. No permiten planificar, consolidar equipos ni evaluar a medio plazo.
Y hay un tercer reto, menos visible pero igual de importante: el cambio cultural. Muchos servicios sociales siguen formados en el modelo escalera. Cambiar esa mirada exige formación, evidencia y valentía institucional.
Mirando hacia delante
Finlandia es el único país europeo donde el sinhogarismo disminuye. No por casualidad. Adoptó Housing First como política de Estado, invirtió en vivienda pública y dejó de gestionar la pobreza como un problema individual.
España tiene experiencia, profesionales y conocimiento. Lo que falta es decisión política y una apuesta estructural.
Housing First no es una técnica más. Es una declaración de principios. Si creemos que nadie debería vivir en la calle, entonces hay que actuar en consecuencia.
La vivienda primero. Todo lo demás, después.